GEOGRAFÍA DE LUGARES EN PROCESO DE DESAPARICIÓN

Jane Richlovsky

Traducción al español de Mónica Steenbock Schmidt

Un río implica a la vez cambio y continuidad, permanencia y movimiento. A través de los paisajes míticos de la obra de Mona Lang, serpentea la influencia de un río calmado y sin nombre que inscribe su arte dentro de la pluralidad de esta paradoja.


Desde sus cimientos, los paneles que sirven de soporte a las pinturas son paisajes en sí mismos: se trata de los rugosos restos de una vieja mesa de trabajo cuya superficie se cifra en palimpsestos que, a través de la desigualdad de sus texturas, se someten a los mismos cambios sufridos por los paisajes través del tiempo. Estos soportes son verdaderas creaciones geológicas pues se fueron formando a través de los años con escurrimientos de pintura, erosiones ligeras infringidas por el uso de lijas, reconstituidas por la acumulación de muchas capas más de pintura embadurnada y aplicada con pinceles y brochas y, finalmente, cubiertas con lujosos barnices traslúcidos. Lang cortó esa mesa en pedazos para configurar estas obras, y la historia de sus texturas forma parte del contenido y del sentimiento que nos traduce su arte. Como todo paisaje, estos fragmentos de madera contienen historias, historias de los sucesos que al paso del tiempo han dejado huella sobre su superficie.


Sobre estas superficies llenas de marcas, chorreadas y cubiertas de capas de pintura, Lang ha pintado paisajes míticos y melancólicos, con un hilo de agua abriéndose paso a través de ellos. Al igual que en los espacios citadinos, extraños y vacíos de DiChirico, uno tiene la impresión de haber conocido estos parajes durante un sueño, y las historias que ahí acaecen son reminiscencias de historias que bien pudiéramos haber oído una o dos veces con anterioridad. Quizás se trate de una larga historia que se ha cortado en pedazos igual que la mesa. Vislumbramos una sección de esta historia en cada pintura y nos vemos obligados a complementarla con nuestra propia memora acervo mitológico. Intuimos, sin embargo, que los mitos aludidos en estas obras nunca podrán organizarse en un cuento de hadas tradicional, del tipo en el que suelen figurar dragones vencidos y princesas besuconas.


El formato horizontal de la piezas nos obliga a caminar junto a los protagonistas y a acompañarlos en sus viajes a través de las adormiladas extensiones de su recorrido. En ocasiones el punto de vista del espectador cambia dentro de la misma pintura: vemos la Bella Durmiente desde arriba, pero su valle tranquilo, su río y los abedules sin hojas de frente en la medida que desplazamos el ojo sobre y a través del espacio hacia las colinas que se estiran hacia una distancia remota. En la obra Entrando al Bosque se nos invita a tomar el punto de vista de la mujer de la caperuza roja para acompañarla de manera implícita en su trayecto hacia el bosque que constituye en centro de la pintura.


Pero la mayor parte del tiempo miramos el paisaje alargado de características cinematoscópicas de lado siguiendo al río y a los animales y humanos fuertes y encantadores en sus travesías y aventuras. En las obras Untitled y Verboten estos viajes parecen ser especialmente largos y agotadores por lo que quizás impliquen un descensos hacia el inframundo cuyo límite está marcado en el centro horizontal de la pintura y vigilado por unas cabezas fantasmales : su reino es aún más oscuro y ambiguo desde el punto de vista espacial que la tierra de los vivos.


El paisaje de los paneles que subyace a las historias y que se configura a través de chorreados y rugosidades, se manifiesta en el mundo superior. La textura burbujea hacia el primer plano del cuadro y convierte el espacio en aún más ambiguo. Los suaves azul- grisáceos y verdes de la tierra y del cielo se quiebran y entran en contradicción con las tumultuosas formas que se mueven alrededor y debajo de ellos. Los sutiles rojos oscuros deslavados y frotados dentro de las ranuras de la madera ayudan a acentuar la tensión y aumentan la ambigüedad que se deriva de las distintas capas de pintura. A veces la bajo-corriente de aquello que subyace amenaza con atrapar a las creaturas vivientes del mundo de arriba. En la obra Tempestad los escurrimientos se han apareado en una tormenta y zarandean a las diminutas creaturas que están a su alrededor. Los escurrimientos, el agua representada y las creaturas de rojo que batallan por sobrevivir se funden y es imposible distinguir unas de otras. Sin embargo, el viajero de capa roja y su compañero canino, aún sólidos los dos, no se dejan disuadir y continúan su travesía.


Sitios que conocemos y a través de los que hemos viajado están siempre en proceso de cambio, pues huyen hacia el inconfiable ámbito de la memoria. Se desvanecen también los sitios anónimos en los que no hemos estado y los rincones desconocidos del mundo en los que nosotros mismos podemos evaporarnos. Estas pinturas nos revelan una nostalgia por los lugares que están en proceso de disolverse y de desaparecer, pero que en el camino se convierten en testimonio de la persistencia del mito y de la memoria y, también, del implacable fluir del tiempo hacia lo desconocido.